Oscuro deseo – Parte 7: El cielo esta noche

La noche había pasado pacíficamente para el Uchiha, que había amanecido sobre la tierra que cubría el ataúd de Naruto. Tal y como había predicho, sus sueños habían sido mucho más dulces que la noche anterior. Y todo se lo debía a aquel apasionado beso y a aquella canción con toques necrófilos y vampíricos.
Había soñado que por fin Naruto se daba cuenta de que le amaba y se le declaraba de una manera apasionada. Aunque había un detalle extraño en el sueño: no lo había hecho ni en su casa, ni en un restaurante carísimo, ni siquiera en aquella playa tan bonita a la que iba muy a menudo; sino en una cueva que no sabría ubicar. Y ése no era el detalle más raro. Misteriosamente, Naruto se refería a él como Hinata; y para colmo de males, el Uchiha no podía moverse ni un milímetro, pero podía notar a la perfección los arrumacos del rubio.
“¡Vaya sueño más raro!”, fue lo que pensó el Uchiha al recordar el sueño, pero también pensó que había sido de lo más bello. No era sólo por la acción en sí, sino por todo. Era cierto que la cueva, si hubiera estado en su estado original, hubiera sido un lugar poco romántico, pero el rubio la había ambientado de tal manera que parecía que era otro lugar. La música era exactamente la misma que la que estaba escuchando para conciliar el sueño, y mientras Naruto le poseía con sus besos, notó que en el lugar había un olor agradable, y no sólo el del ojiazul. Estaba completamente seguro de que aquel olor a rosas que llenaba el lugar era incienso, o si no, pétalos esparcidos. Y luego, la decoración… Tenía bastante clase, pero sin resultar empalagosa, y además, la cama era muy cómoda.
Se levantó de allí y decidió que lo mejor era volver a casa y desayunar antes de que alguien lo viera allí. Lentamente, iba avanzando, pero en realidad, no quería alejarse. Entonces se le ocurrió una idea genial para poder pasar el tiempo con Naruto, pero tendría que hablar con la persona adecuada.
Poco más tarde, comenzó a sonar un teléfono en la casa de Kurenai. La mujer de los labios sangre se levantó de la cama en ese instante y contestó a la llamada completamente soñolienta.
- ¿Quién es?
- Hola, Yuhi. Soy Hatake. Ayer hablé con Kiba por teléfono y dice que está encantado con la oportunidad.
- ¿Sí? ¿De verdad?
- Ya te lo he dicho. Está impaciente por verte. Me dijo que si tú querías hoy podía pasarse por Konoha. ¿Te apetece?
- Por supuesto. – Dijo felizmente la mujer.
- Bien, lo avisaré. ¿Puedo darle tu número para que él te avise a la hora que llega?
- Casi mejor. Oye, Hatake, nos vemos. ¡Gracias!
- No es nada, mujer. ¡Buenos días!
Cuando Kakashi colgó, Kurenai se sintió bastante feliz. Se fue a desayunar, y mientras se bebía a sorbos un chocolate bastante caliente y espeso, dirigió su mirada hacia el sofá. Como apenas lo usaba, estaba prácticamente nuevo, y por ese mismo motivo era el mismo que el que usó la noche en la que Kiba la sedujo. Recordó todas y cada una de sus caricias, y sólo por aquéllo se sentía arder.
“¿Y si vuelve a pasar?”, se preguntó sorprendida la mujer de los labios sangre. Sin apenas pensarlo, supo que la respuesta era que acabaría sucumbiendo al chico animal. Hacía ocho años que no había visto a Kiba, y si algo tenía muy claro Kurenai era que aquel chico de mirada inocente podía haberse convertido en la clase de hombre apasionado que inundaba sus sueños.
Un buen rato más tarde, Sasuke llegó a la casa de su amiga. Tenía mucho miedo de la más que probable reacción de su amiga, pero sabía que si no le pedía aquel favor, aparte de volverse loco de amor, acabaría cogiéndose una buena pulmonía por dormir en el cementerio con el único abrigo de sus sueños.
Sin ni siquiera haber tocado en la puerta, vio cómo Sakura se había acercado a ella. Claro… Lo habría visto por la ventana. Poco después, la chica llegó allí y le abrió.
- ¡Sasuke! ¿Qué haces aquí?
- Necesito pedirte un favor. Es muy importante. Además necesito discreción.
El segundo nombre de la pelirrosa era discreción, así que hizo pasar a su amigo a su confortable salón y le hizo contar con la ayuda de un café por qué estaba allí.
- Sé de sobra que lo que te voy a pedir es importante para mí, pero puede que tú te niegues, y si lo haces, me sentiré mal pero lo comprenderé.
La pelirrosa empezó a inquietarse al escuchar aquéllo. ¿Qué demonios iba a pedirle? O se lo decía o explotaba.
- Bien, será mejor que empiece. Tú eres la inventora del clon inerte, ¿verdad?
- Más bien coinventora, pero soy capaz de fabricar uno sin la ayuda de Tsunade.
- Bien, antes de que te diga de quién quiero una réplica, podrás negarte a hacerlo. Si aceptas, no me importará pagarte si así lo quieres. La mujer empezó a especular mentalmente sobre la identidad del futuro clon. ¿Ino? ¿Kakashi? ¿Orochimaru? ¿Un monstruo de una película de miedo? Aun así, no se acercó ni remotamente.
- Mientras sea un clon humano, estaré encantada. Y lo haré gratis.
- Bien… Quiero un clon de Naruto.
- ¿QUÉ? – Gritó la pelirrosa al borde del infarto.
- Sí… Pero no el mismo modelo que fabricaste para su tumba. Necesito que le hagas algunas modificaciones.
- ¿Como cuáles? – Preguntó todavía nerviosa.
- Desearía que el clon no se descompusiera, ya que lo voy a necesitar para otro fin. Además, me gustaría que fuera un Naruto dormido. Es decir, que tenga olor corporal, mismas características físicas… Como un clon pero dormido.
- Sasuke, una cosa… ¿Qué clase de olor corporal?
- Pues… – Susurró sonrojado -. Ese olor que tiene tan agradable, más o menos cuando sale de la ducha y se echa su perfume.
- Bien… Puedo tenerlo listo en dos semanas, más o menos…
- ¡Gracias, Sakura! No sabía que fueras tan amable.
- Pero antes de nada… ¿Por qué me has pedido una réplica de Naruto?
- ¿Prometes que si te lo cuento no saldrá de estas paredes?
La pelirrosa asintió levemente con la cabeza, y poco después, el Uchiha empezó a confesarse.
- Es porque siempre le he amado, y ahora que está lejos de nosotros, necesito de él más que nunca. Es por eso por lo que necesito su réplica. Porque sé que él ni volverá ni me querrá.
Sakura se quedó mucho más asombrada de lo que lo había estado en su vida. Aquella declaración de amor era de lo más apasionada que había escuchado, y para colmo había sido tan sincero que era imposible dudar de él.
- Te haré la réplica, pero teniendo en cuenta el uso que le vas a dar, seguramente tarde más en hacerla, ya que tendré que trabajar cada milímetro con esmero para que quede tanto realista como utilizable. Y luego necesitarás unas pomadas especiales para que ciertas partes de su cuerpo puedan ser manejadas. Eso sí, no te prometo el resultado excelente de la versión para investigaciones médicas, pero trataré de que sea tan buena como el de esa versión.
- Muchas gracias, Sakura, de verdad. Sé que es difícil la fabricación, pero si has aceptado, creo que lo más justo será que te pague. No, no intentes decirme que no. – Dijo bajando la mano de su ex compañera -. Sé que es mucho trabajo, y por eso te pagaré 100.000 yenes. Puede que sea más caro, pero es el dinero que tengo.
Ambos se despidieron amablemente, y cuando Sakura se quedó sola, se quedó pensando en todo lo que acababa de pasar. Era cierto que su Hatake ya le había comentado algo sobre el amor que sentía Sasuke por el rubio, pero lo que le asombraba a la pelirrosa era la dependencia que sentía por el cuerpo del rubio. Aquéllo no era demasiado normal, pero tampoco lo era seguir enamorado tras catorce años de pasión frustrada.
Varias horas más tarde, el teléfono volvió a sonar en la casa de Kurenai, pero esta vez no era Kakashi. Intuyendo quién podía ser a aquella hora, respondió a la llamada.
- ¿Sí? ¿Quién es?
- Hola, Yuhi. Soy Kiba.
- ¡Kiba! – Dijo con un más que fingido tono de sorpresa -. ¿Cómo estás?
- Pues la verdad es que estoy muy bien. Y más desde que Kakashi me dijo que querías intentarlo.
- Ah, claro… Oye, ¿cuándo llegas a Konoha?
- Más o menos dentro de media hora. Ya sabes cómo es el transporte público. Por cierto, ¿irás a buscarme a la estación o voy directamente a tu casa?
- Pues… Creo que mejor voy a buscarte. No me apetece estar en casa.
- Bien. ¡Nos veremos! La mujer de los labios sangre colgó, y poco después, una única pregunta rondaba por su cabeza. ¿Cómo demonios iba a hacer para ducharse, arreglarse y llegar a la estación? En lugar de intentar resolver esa pregunta, decidió que lo mejor era ponerse en marcha.
A la misma vez, en el autobús donde iba Kiba, el chico animal no podía parar de pensar en la noche que iba a pasar. Tan sólo de pensar que iba a pasarla con Kurenai sentía que al fin podría encontrar algo estable con una mujer.
Después de su primera vez, había tenido bastante suerte con las mujeres, pero el problema era que él las iba dejando. No es que tuviera problemas con ellas ni nada por el estilo, simplemente que había buscado a Kurenai en todas ellas y no la había encontrado. Por eso no había tenido nada estable.
De repente, volvió a la realidad cuando el autobús se detuvo en un pueblito llamado Haikia. Al darse cuenta de ésto, Kiba descubrió que cada vez se iba acercando cada vez más a Kurenai. Y lo mejor era que no podía ponerle remedio.
Un buen rato más tarde, la mujer de los labios sangre ya había llegado. Se había duchado, lavado el pelo, vestido, maquillado, peinado, perfumado e ido hacia allí a toda prisa. Tenía tanta prisa que se aseguró de que no había olvidado su monedero. Como lo había comprobado tres veces, no tuvo ninguna duda: estaba con ella.
Lo primero que hizo al llegar fue mirar hacia el reloj que colgaba de la pared de la estación. Eran las ocho y veinticinco. Kiba llegaría en cinco minutos.
Poco más tarde, el autobús de la línea 6 había llegado, y según lo que indicaba el reloj, se había adelantado tres minutos. Kurenai empezó a mirar hacia las ventanillas para ver si reconocía a Kiba, pero nada… Casi sin darse cuenta, alguien la abrazó por la espalda y empezó a acariciarle.
- Tienes que estar más atenta
- ¿Kiba? – Preguntó sorprendida.
- ¡El mismo!
- ¿Por dónde rayos has salido?
- Pues… Creo que de otro autobús. Siempre salen dos de la línea 6.
- Ay, ¡qué boba!
- No te preocupes. Suele pasar.
- Por cierto, Kiba… – ¿Sí?
- ¿Podrías soltarme? La gente nos mira raro… – Eso está hecho. – Dijo soltándose y poniéndose frente a ella -. ¿Qué planes hay?
- Pues… Ir a cenar por ahí, pasear… Ni idea.
- ¿Y si vamos a una hamburguesería?
- ¡Sí, hombre! Y luego me pasa como a Sakura, que le cayó el ketchup en un sitio raro.
Al decir esto, la mujer de los labios sangre recordó lo que le había contado Kakashi sobre el inicio de su relación con Sakura. El ninja copia y su ex alumna fueron a una hamburguesería a cenar en plan amigos. Entonces, cuando ambos estaban comiendo, a Sakura se le cayó una gota de ketchup en el escote.
En ese momento, Kakashi, que estaba a su lado, se acercó a ella, la cogió por la cintura y puso sus labios prácticamente pegados a la oreja de la pelirrosa.
- ¿Sabes? Si este no fuera un lugar público, te quitaría esa mancha con mis labios. – Susurró mientras las yemas de sus dedos acariciaban su piel para quitar la mancha.
Mientras Kakashi se llevaba delicadamente los dedos a la boca, miró fijamente a Sakura. Desde ese momento, supo que ya no tendría que recurrir a su imaginación para tenerla.
- Bueno, bueno… ¿Al italiano entonces?
- De acuerdo. – Sonrió Kurenai.
Un rato más tarde, la pareja ya había llegado al restaurante italiano que había en Konoha. No tenían una reserva hecha, pero había mesas libres, así que los dejaron pasar. Se sentaron tranquilamente en la mesa que les habían ofrecido, y poco después les dieron la carta.
- Creo que voy a pedir una pizza especial. ¿Tú también quieres, Kurenai?
- No sé… ¿Me dices lo que lleva? – Tomate, jamón york, chorizo, salchichón, atún, champiñones, mozzarella, cheddar, roquefort, enmental y anchoas. ¡Ah! Aquí dice que si lo pides, también pueden ponerle piña, espárragos y mejillones.
- Pide una familiar básica de esa pizza. Tranquilo… La pago yo. – Esto… Kurenai, somos dos… ¿En serio quieres la familiar para los dos?
- ¡Claro! ¡Así mañana no cocino!
El chico animal se quedó desconcertado, pero eso no era nada en comparación de lo que iba a pasar poco después. Un camarero se iba acercando a ellos, y en ese momento, preguntó lo que tomarían para beber.
- ¡Una Coca-Cola! – Dijeron los dos al mismo tiempo.
Cuando el camarero se fue, se quedaron mirándose el uno al otro asombrados.
- Vaya… No sabía que nos parecíamos tanto… – Susurró asombrado Kiba.
- ¿Qué pasa? ¿Que porque tenga 44 ya no puedo beber Coca-Cola? Por cierto, puedes llamarme Yuhi si quieres.
- Vale. Será mejor que nos relajemos si no queremos acabar pegándonos.
Un rato más tarde, el camarero trajo la cena con otras dos Coca-Colas, ya que los dos se la habían terminado hace un rato. Cuando el camarero dejó aquella bandeja macroscópica sobre la mesa, a los dos se les cayó la baba casi literalmente.
- ¡También le han puesto olivas!
- ¡Y orégano! – Exclamó felizmente Kurenai.
Los dos empezaron a cenar tranquilamente, pero poco después, Kurenai notó que Kiba estaba acariciando su pierna con sus pies.
“Eso me pasa por ponerme falda”, pensó la pobre mujer a punto de atragantarse. Estaba claro: el chico animal tenía un don para hacer varias cosas a la vez, porque no paraba de comer, pero lo hacía lentamente.
- Esto… Kiba, podrías ser un poco más discreto.
- ¿Por?
- Chico, es que la gente nos está mirando como si fuéramos monos de feria. – Y luego susurró casi en un soplido -. Cuando estemos solos ya harás lo que quieras.
- ¿Estás segura?
- Preguntó el chico animal en el mismo tono -. He mejorado mucho desde la última vez, y te aviso de que puedo ser un peligro.
“Enfríate, Yuhi, que estás en público”, fue lo primero que se le vino a la cabeza tras escuchar las palabras de Kiba e imaginar lo que podía pasar aquella noche.
“Puede que parezca que sólo quiero pasar un buen rato, Yuhi, pero hace años te demostré todo lo que puedo darte. Por eso te he esperado”.
Siguieron cenando con calma, y el tema de conversación cambió drásticamente.
- En fin… ¿Qué es de tu vida, Kiba?
- Pues… Aparte de que vivo lejos y mi trabajo a veces es una basura, pues tengo una casita. Y el pobre Akamaru… Pasó a mejor vida hace un par de años. Por eso no está conmigo.
- ¿Y qué tal con las mujeres?
- Mal. O me querían por guapo o no soportaban a Akamaru. ¿Y tú?
- Yo también, la verdad. El último que estuvo conmigo quería olvidarse de un amor platónico y acabé yéndome de su casa.
- No te preocupes. Suele pasar. ¿Por qué no me cuentas algo?
- La verdad es que no sé qué contar…
- Empieza por el trabajo.
- Digamos que ahora estoy viviendo del Hokage. Es que hace un par de años me retiré. Me estoy volviendo vieja.
- ¡No digas eso, mujer! ¡Si eres más guapa que muchas mujeres de las que conozco!
- Puede que sí, pero el físico se resiente.
- Oye, Yuhi, creo que lo mejor que podemos hacer es cenar antes de que la pizza se enfríe. Si no, creo que no nos la podremos comer ni dejándola en Coca-Cola.
La mujer de los labios sangre pensó en aquéllo y el gesto que hizo era una mezcla entre gusto y asco. Después, consideró que lo mejor era seguir cenando. Poco más tarde, ya estaban en la calle paseando. Les había sobrado media pizza, así que Kurenai se la llevó. Total… La había pagado ella con su dinero.
- Oye, Yuhi, me imagino que sabes qué es lo que sigue, ¿verdad?
- Sí. – No tienes porqué hacerlo si no quieres.
- ¿Por qué dices eso?
- Creo que has estado muy forzada. Es por eso. Estoy muy agradecido por la oportunidad, pero si quieres parar, aún puedes hacerlo.
- ¿Forzada? Creo que deberías de conocerme mejor. No lo he estado. Simplemente es que estoy algo nerviosa. Y preocupada.
- ¿Por qué?
- Porque tengo miedo de que me puedas usar, como el último que estuvo conmigo.
- Si es eso lo que te asusta, creo que deberías olvidarlo. Si te he esperado todo este tiempo ha sido por algo. ¿No crees?
- Si.
Se sentaron en un banco, y entonces, Kiba empezó a mirar al cielo.
- ¿Sabes? Yo también estoy asustado. Temo que no sea lo suficiente para ti.
- Creo que lo mejor será que vayamos a casa.
Mientras abandonaban el parque y la luna brillaba de aquella manera tan siniestra, Sasuke estaba escuchando música en su cama, al igual que el día anterior. Definitivamente, lo suyo era un caso más que agudo de obsesión. Y lo peor de todo era que ya era intratable. Simplemente estaba para que le pusieran la camisa de fuerza y lo metieran en la habitación más acolchada del manicomio.
Y eso no era lo peor. Aparentemente, la solución más sencilla era ir a la casa de Naruto y devorarlo, pero aquello en realidad era lo más difícil, así que el Uchiha había buscado otra solución. El problema era que tendría que esperar, pero no podía hacerlo. Sólo deseaba tener aquella réplica para darle lo que el real menospreciaba sin saber todo lo que valía. Y según el moreno, su amor valía mucho más que el de cualquier otra persona.
Cuando llegaron a la casa de Kurenai, ambos se sentaron en el sofá, y poco después, Kiba no pudo evitar dar el siguiente paso. Se colocó sobre ella, y en ese mismo momento, la abrazó por la cintura.
- ¡Qué casualidad! Estamos en el mismo sillón donde perdí la virginidad. ¿Sabes lo que eso significa?
Kurenai intentó responder, pero Kiba la besó en el momento oportuno, y poco después, susurró de una manera romántica.
- Si lo hacemos bien, no necesitaremos decirnos nada.
Ése fue el último momento en el que tuvieron uso de razón hasta la mañana siguiente. Habían amanecído juntos y abrazados. Eso sólo podía significar que la noche había sido más que perfecta. De hecho, tan sólo de recordar cualquier detalle, Kurenai se ponía bastante roja.ç
En ese mismo momento, la voz de Kiba la sacó de sus ensoñaciones.
- Yuhi, ¿estás despierta? – Susurró levemente.
- Sí. – ¿Qué tal has pasado la noche?
- Muy bien. ¿Tú?
- También.
- ¿Traigo algo para desayunar?
- No hace falta. Mejor en la cocina. ¿No crees?
Ambos se levantaron, se cubrieron y fueron hacia la cocina.
A la misma vez, en la casa de Sasuke, el teléfono empezó a sonar justo en el momento en el que el moreno abrió la puerta para entrar en su casa. Justo cuando iba a cogerlo, dejó de sonar. En ese momento, el ojinegro se sentó en el sofá y esperó a que llamara, porque, si era tan importante, ya volvería a llamar. No se equivocó, y el teléfono volvió a sonar.
- ¿Sí?
- Sasuke, ¿eres tú?
- Sí. ¿Qué pasa, Naruto?
- Me acaba de llegar la citación. Tenemos que preparar el juicio.
- ¿Cuándo es?
- Dentro de una semana.
- De acuerdo. ¿Voy esta tarde?
- Bien. ¡Nos vemos!
La comunicación se cortó, y en ese momento, Sasuke se dejó caer aun más en el sofá. ¿Por qué estaba condenado a ayudar en una causa en la que no tenía nada que ver?
“Dios mío, ¡y pensar que esta tarde puede pasar cualquier cosa! Sólo de pensarlo me asusto… Pero también lo deseo”. Se levantó tras despejarse, y tras eso, decidió que lo mejor era llenar su estómago.

~ por Reika Haiducci en 04/09/2008.

Una respuesta to “Oscuro deseo – Parte 7: El cielo esta noche”

  1. hola hace poco que me he metido en esta pagina, y no se muy bien como esta el movimiento (osea con cual relato devo de empezar)si pudieras aclarmelo seria feliz.

    Lo que escribes es bueno^__^

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