Dedicado a Sybelle / Rocío, la otra mitad del pecado
Sasuke ya había salido de su casa, y nada más hacerlo, pudo comprobar en su propia piel que era cierto que Konoha era un lugar helado. Francamente, lo estaba pasando mal, ya que hacía demasiado frío como para salir a la calle sin abrigo, cosa que el Uchiha había hecho. Como temía despertar a Kurenai si volvía a casa y cogía el abrigo, decidió resignarse y comenzar el paseo.
Las calles de Konoha parecían mortalmente anchas a la luz de la luna llena, pero eso no le asustaba al ojinegro. Tampoco le asustaba la exagerada tranquilidad del lugar, sino que más bien le reconfortaba. Era cierto… Sólo usaba a Kurenai para olvidar a Naruto, pero no había nada más frustrante que cerrar los ojos y ver al rubio cada vez que Kurenai le besaba. Y eso no era lo peor… ¡Ella ni se daba cuenta! Ya podía ser todo lo rastrero, mezquino, frío e idiota que quisiera, ¡pero ella seguía arrastrándose! Definitivamente, el Uchiha ya estaba harto de la situación. Y ya tenía una idea de cómo ponerle fin.
Tras un largo rato de sosegada caminata, por fin se había despejado aquel cacao mental que había formado la situación en general. El ojinegro pensó en irse a dormir, pero sus pies querían ir a otro lugar que seguramente le encantaría al resto de su cuerpo. Sasuke no tuvo la capacidad de poder decidir, así que sin quererlo conscientemente acabó yendo al cementerio.
Al llegar, lo primero que vio fue que la valla que lo separaba del mundo de los vivos estaba cerrada. Estuvo a punto de rendirse por esto, pero después de conseguir abrirla, prosiguió con su paseo.
Una vez dentro, se sintió intimidado por la cantidad de lápidas de mármol que indicaban que alguien estaba allí abajo; pero aunque sonara sarcástico, lo que le asustaba le ayudaría a encontrar lo que estaba buscando.
Tuvo que caminar un poco más, y entonces, vio ante sí la lápida de Naruto. Tras ella había un frondoso bosque de cipreses, que en ese momento hacían notar aun más si cabía el constante susurro del viento. Además, la luna estaba iluminando el lugar de una manera misteriosa, como si supiera desde hace una eternidad que aquella noche la pasaría con el “difunto” ojiazul.
Sin pararse a pensar en lo que estaba haciendo, se tumbó sobre el lugar que ocupaba la réplica del rubio y empezó a respirar tranquilamente. Mientras lo hacía, empezaron a acudir a su mente los sucesos de hacía varias horas.
Reconoció el lugar en el que estaban “él” y Naruto como aquel parque en el que habían estado paseando un rato antes, y por lo que había visto, sabía que en ese momento era cuando Naruto le había besado voluntariamente por primera vez. Poco después de aquel beso, el Uchiha enmascarado bajo la apariencia de Hinata comenzó a responder a los estímulos del rubio con ansia. Sabía que sólo podría amarlo aquella vez, así que decidió aprovechar la ocasión. Y lo hizo. Notó cómo sus manos se iban perdiendo en su pecho, mientras el ojiazul iba profundizando el beso con pasión.
Casi sin darse cuenta, el Uchiha había llegado a la mejor parte de la fantasía, pero lo mejor de todo era que ni él mismo sabía que era una fantasía. Notaba cómo Naruto iba entrando en él de una manera que ni siquiera había llegado a imaginar de él, mientras el ojinegro, bajo el disfraz de la no tan inocente Hyuuga, estaba a punto de perder el control de los labios de su rubio.
Cuando lo hizo, se escuchó a sí mismo gemir con la voz de Hinata, y a la misma vez, con su voz real, pero el rubio no debía de notarlo, porque seguía haciéndole el amor como si nada. Era demasiado para él ver cómo el rubio al que tanto había adorado estaba sobre él, haciéndole todo lo que había deseado internamente y no le había confesado a nadie. De hecho, no se lo contaba ni a sí mismo por miedo a que su lado racional juzgara sus deseos. Pero así era. Naruto Uzumaki estaba haciéndole el amor sin quejarse, y además, por sus gemidos y la expresión de su cara debía de estar pasándolo bien, o eso parecía…
Cuando su fantasía terminó, Sasuke abrió los ojos sorprendido. Se encontró en el lugar donde se había tumbado. La luna llena había llegado a su cenit, y el viento parecía que había amainado para que el ojinegro pudiera comprobar asombrado que aquel producto de su imaginación había causado verdaderos estragos placenteros en su cuerpo. Estaba completamente bañado en sudor, y además, notó que se había puesto erecto. Y por si eso era poco, también se había derramado. Definitivamente, aquéllo parecía real.
Mientras intentaba volver a recobrar el ritmo normal de su respiración, pudo escuchar con escalofríante claridad el gemido de un bandoneón, que entonaba al borde del desafine un lamento suicida. Sasuke, presa del terror, miró hacia todos lados, pero no vio al autor de aquella terrorífica rapsodia. Estaba tan cansado que no podía levantarse, así que intentó adaptarse a la oscura canción que sonaba de fondo.
Sus párpados habían caído pesadamente para tapar sus fatigados ojos, y mientras escuchaba aquella melodía que ya no le aterrorizaba tanto, pensaba en el deseo que estaba inundando su mente: desenterrar a Naruto y amarlo como nunca lo había hecho. Claro que… Lo que estaba a dos metros bajo tierra no era el cadáver de Naruto, sino una réplica exacta del real que se descomponía; y por si eso era poco, le descorazonaba la idea de pensar que el verdadero Naruto estaría en ese momento lejos de allí, metido en una cálida cama con Hinata. Al recordar la idea, decidió quedarse quieto y llenar nuevamente sus pensamientos con el cuerpo del ojiazul, y escuchando aquel oscuro rezongo fue como Sasuke se quedó dormido en los brazos de Naruto.
Varias horas más tarde, el sol ya había aparecido en el horizonte, y justo en ese momento fue cuando Kurenai se despertó. Asombrada, volvió a comprobar que el chico no había amanecido con ella. De hecho, nunca lo había hecho, algo que inquietaba a la mujer de los labios sangre.
Decidió desayunar tranquilamente, y cuando terminó, decidió que lo mejor era vestirse e ir a visitar a su amigo Kakashi. Después de todo lo que le había ayudado para conquistar a Sakura, parecía que lo mínimo que podía hacer el peligrís era ayudarla a superar la difícil situación, y si era posible, incluso a recordar a quien la había amado locamente.
Un rato después, la mujer de los labios sangre salió de la casa del ojinegro para dirigirse a la casa de su buen amigo. Al llegar, tuvo que reconocerse a sí misma que el paseo la había reconfortado en parte, pero la mayor parte de las dudas que la habían llevado hasta allí permanecían en su mente. Así que, aunque tenía deseos de huir de allí, acabó por presionar el timbre.
Poco después, Kakashi abrió la puerta y se encontró con su amiga, que tenía muy mal aspecto. No necesitaba preguntarle por qué estaba allí porque lo sabía gracias a las habladurías que corrían de boca en boca en Konoha. Por eso sólo tuvo que ofrecerle que pasara e invitarla a un café.
- Bien… – Trató de romper el hielo el peligrís -. No hace falta que me cuentes lo que te pasa. Sasuke, ¿verdad?
- Sí. – Susurró apenada la mujer de los labios sangre.
- ¿Qué es lo que ocurre exactamente?
- Creo que no me quiere.
- ¿Y por qué sospechas eso?
- Verás, Hatake, ¿es normal que tu novio no amanezca contigo ni un día?
- Pues no, la verdad… Yo sé por qué Sasuke es así contigo, pero no debes odiarle por ello. ¿Quieres saberlo?
- Sí… – Él ama a Naruto. Siempre lo ha hecho, y se ve que desde que murió – dijo pronunciando está palabra con especial énfasis -, ya no es el mismo. Es mucho más frío de lo que ya era. Además, dicen que lo han visto salir por la noche a pasear.
Cuando Kurenai escuchó eso, se entristeció tanto o incluso más que si Sasuke le hubiera roto el corazón directamente. Y en cuanto a Kakashi, sabía que si le contaba a Kurenai que Naruto realmente estaba vivo, con Hinata y lejos de Konoha le acabaría cayendo un rapapolvo monumental por cortesía de Tsunade, pero el resto era cierto. Mientras él aún era el sensei del equipo 7, con tan sólo mirar a Sasuke sabía todo lo que se le estaba pasando por la cabeza. Además, las miradas apasionadas que le lanzaba al ojiazul lo delataban.
- ¿Qué puedo hacer? – Preguntó triste la mujer.
- Creo que lo mejor para ti será que abandones a Sasuke y que le des una oportunidad a Kiba.
- ¿Qué ha sido de él?
- Pues que está viviendo en otra villa oculta, y creo que gracias a eso mantengo el contacto con él. Si quieres, cuando pueda, le diré a Kiba que quieres darle una oportunidad. ¿Quieres que lo haga?
Kurenai se quedó un rato pensando, pero tanteó todas sus posibilidades con calma. Si seguía con Sasuke, lo iba a pasar tremendamente mal por el carácter del ojinegro. En cambio, si le daba la oportunidad a Kiba probablemente saldría bien. Además, ¿qué tenía que perder?
- Hatake, ¿de veras harás eso por mí? – Por supuesto, Yuhi. Soy tu amigo, y a mí me gusta que mis amigos sean felices.
- Pero… ¿Kiba todavía siente algo por mí?
El peligrís asintió subiendo y bajando lentamente la barbilla, y poco después, tomó la palabra.
- Cuando nos vemos, lo primero que me pregunta es cómo estás. Así que si le preocupas, aún debe de sentir algo. Además, una vez me contó que su primera vez fue contigo, y que desde esa noche no para de pensar en ti.
- La verdad es que… – Susurró avergonzada la mujer de los labios sangre -. No fue tan decepcionante como creía, ¿sabes? Estuvo muy bien. Así que me imagino que ahora debe ser más apasionado.
Los dos enmudecieron por unos segundos, Kurenai recobró el don de hablar.
- ¿Me avisarás cuando Kiba venga a visitarme?
- Sí, y seguramente sea muy pronto. Por cierto, si vas a abandonar a Sasuke, deberías de ir a su casa y coger tus cosas.
Cuando Kakashi pronunció estas palabras, parecía que Kurenai se había quedado helada, pero en realidad estaba consciente de todo. Cuando lo creyó oportuno, se levantó y se despidió de Kakashi con un beso de amistad, y luego, partió hacia la casa de Sasuke para recoger sus escasas pertenencias.
Mientras la mujer de los labios sangre estaba abandonando la vida de Sasuke para siempre, él se acababa de despertar. Sus ojos se abrieron tan pesadamente como se cerraron, y cuando lo hicieron, pudieron ver asombrados que ya había amanecído hace un buen rato. El Uchiha, a pesar de haber dormido poco, estaba bien descansado. Pero eso no era lo más importante.
Aún perduraban en él los sueños que había tenido esa noche. No sólo estaba feliz por los sueños eróticos que tuvo con Naruto, sino que sus sueños eran muy tiernos, como si Naruto fuese un amor de la infancia.
Recordaba perfectamente que él y el rubio estaban sentados en un banco viendo un atardecer otoñal. Cuando las hojas caían con más ilusión y el sol estaba a punto de esconderse, el ojinegro le preguntó al chico que estaba a su lado si le gustaba. Poco después, el ojiazul, sin decir ni una palabra, se acercó a él y le besó tímidamente en los labios. Claro que de ahí a la realidad faltaba un buen trecho. Tenía muy claro que ya no eran unos niños pequeños, sobre todo él. Tenía 26 años, y exceptuando una noche de borrachera por parte del rubio, no había conocido lo que era realmente el amor; ni siquiera con Kurenai.
Por eso pensó que realmente vivía como una viuda negra: ansiando al ser amado, sabiendo que nunca podría volver a tenerlo, pero su caso era peor. Él ni siquiera había tenido a Naruto, a diferencia de las verdaderas viudas, lo que convertía todos sus sentimientos en una pasión desesperada.
Poco después de que el ojinegro se despertara, Kurenai ya había terminado de recoger sus cosas, y justo antes de irse, se le ocurrió que podría dejarle a Sasuke una nota explicándole por qué lo había dejado de esa manera, así que se sentó en el sofá del salón, y cogiendo un papel y un bolígrafo empezó a escribir.
“Cuando estés leyendo esto, yo me habré ido de tu vida para siempre, y si lo he hecho, es porque tengo mis motivos. Es cierto que yo te adoro como nadie, pero si algo tengo claro ahora mismo, es que no puede haber nada entre nosotros. Te muestras muy frío conmigo incluso cuando estamos haciendo el amor, y por mucho que te quiera, es algo que no puedo soportar. Parece que en realidad piensas en otra cosa, o simplemente en otra…
Así, por mucho que quiera amarte, jamás conseguiré nada. Por eso he decidido abandonarte y probar suerte con quien me quiere realmente. Te deseo lo mejor, y espero no haber cometido un error dejándote.”
Cuando terminó, dobló el papel en cuatro partes y lo dejó encima de la mesita del salón. Después, se fue.
Un rato más tarde, Sasuke ya se encontraba en su casa. Ya estaba sentado en el sofá y había terminado de leer la nota de Kurenai. Sonreía tanto o incluso más que si le hubiera tocado la lotería. Por fin “la pesada” se había dado cuenta de que él no era el tipo de hombre que necesitaba. Y mucho menos, podía soportar que todo el día quisiera hacerle el amor. Algo que, en ese momento, sólo era sexo. Luego, que fuera placentero para él o no ya era otra cuestión.
Poco después, su teléfono comenzó a sonar, y rápidamente contestó a la llamada. Era Naruto.
- ¡Hola, Sasuke! ¿Cómo estás?
- Con algo de sueño. ¿Qué quieres?
- Verás, Sasuke, necesito que vengas a mi casa. Necesito hablar contigo sobre lo que pasó ayer.
- Oye, Naruto, ¿no puedo ir mañana? Es que estoy muy cansado para conducir.
- Lo siento, pero no va a poder ser. Tiene que ser hoy. ¿Puedes?
- Sí, claro. Ahora cojo el coche.
El Uchiha no se molestó en despedirse, así que colgó directamente. Deseó con todas sus fuerzas que aquella prisa fuera para que al final el rubio se acabara declarando. Así lo creía porque el ojinegro le había entregado todos sus sentimientos en los pocos besos y caricias que le había regalado al ojiazul. Además, aún podía notar el calor de la piel de Naruto en la suya, a pesar de tener en ese momento el aspecto físico de Hinata. También deseó que si Naruto lo había llamado para eso, acabara de hacerle el amor en el amplio jardín de su casa, mientras él, sin darse cuenta, caería en el mundo que crearía el rubio con sus caricias. Lo deseaba tan fuertemente que le estaba empezando a doler la cabeza, y por eso el ojinegro decidió terminar con sus dudas y se metió en su coche.
Varias horas después, el ojinegro ya había llegado a la casa de Naruto. Rezó con todas sus fuerzas que fuera para aquello que tanto deseaba ocurriera. Decidió quitarse esos pensamientos de la cabeza y tocar el timbre para terminar con aquella incertidumbre.
- Buenas, ésta es la residencia de los Uzumaki. ¿Quién es? – Preguntó la voz del ojiazul.
- Sasuke.
- ¡Hola, Sasuke! Pasa. Estoy en la oficina. Hablaremos allí. ¿Te parece bien? – Sí. En ese momento, se abrió la puerta y el ojinegro pasó a la casa del rubio. Realmente era un lugar precioso… Sobre todo para terminar de entregarse al rubio, porque en el fondo era lo que siempre había deseado. Entró en la casa, y en ese instante, comenzó a buscar la oficina. Mientras, no paraba de ver fotos en las que aparecían su rubio e Hinata totalmente felices.
- ¡Qué fastidio! – Se escuchó susurrar levemente el ojinegro.
¡Claro que era un fastidio! Era un fastidio imaginarse cómo Hinata le hacía cosas a Naruto que para él estaban más que prohibidas, y sobre todo, lo poco que imaginaba que valoraba al ojiazul. Pero en el fondo, Sasuke comprendía a Hinata, porque ellos habían pasado por la misma situación. Habían tenido que imaginarse durante años que el rubio les poseía de aquella manera que tanto les gustaba, mientras se entregaban al amor de otra persona o simplemente no lo hacían. Pero el final del cuento fue distinto para los dos. Hinata consiguió llegar al corazón del rubio tras abandonar a Gaara, mientras él aún tendría que esperar un poco más… O peor aún, morir con el deseo de amarlo.
Por suerte, terminó por encontrar la oficina del rubio, y cuando lo hizo, pasó dentro de ella. Era un lugar bastante agradable. Las paredes estaban pintadas de un tono naranja salmón, y de ellas, por suerte, no colgaba ninguna foto de “ésa”. Al lado derecho de la pequeña sala había una estantería plagada de libros; y en el lado opuesto, otro estante con cientos de CDs perfectamente colocados. Y en el frente, estaba el escritorio de Naruto, y sobre él, un portátil. Al fondo de la sala, frente a la puerta, había una ventana, cuya persiana estaba entrecerrada.
- Siéntate, Sasuke. Necesito que te relajes.
El ojinegro obedeció como no lo había hecho en su vida, y en ese momento, lo único que le separaba de su rubio era el escritorio que estaba entre ellos.
- Bien, Sasuke, será mejor que te empiece a contar por qué te he llamado con tanta prisa. Recuerdas lo que pasó ayer, ¿cierto?
- Sí.
- Y bien… Mientras tú me engañabas, Gaara estaba haciendo lo mismo con Hinata, y si no llega a ser porque te detuviste a tiempo y me dijiste dónde estaban, lo más seguro era que acabara violándola. – Susurró con tristeza.
- ¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
- Verás, Sasuke, hemos denunciado a Gaara por un intento de violación, suplantación de identidad y mal uso de técnicas ninja, y por eso necesito que declares en el juicio como nuestro testigo.
- ¿Y por qué debería de hacerlo? – Preguntó arrogantemente
- Por mí. Te lo pido porque sé que eres el único que sabe la verdad. No quiero que lo hagas por Hinata porque sé que la odias, ¿pero lo harías por mí?
- Con una condición.
- ¿Cuál?
- Sólo necesito un beso y un te amo.
- ¿Qué? – Preguntó perplejo el rubio.
- Ya lo has escuchado. – Susurró el moreno a punto de ponerse rojo.
- Sasuke, no puedo hacerlo… ¡Sería engañar a Hinata!
- Lo siento, Naruto, pero hagas lo que hagas, la herirás. Pero si lo haces, no tiene por qué enterarse. Si nadie sabe realmente lo que siento por ti menos tú, ¿por qué se iban a enterar de que me has besado?
En ese instante, Naruto se quedó pensativo. ¿Qué más le daba darle un beso y unas palabras al hombre que estaba frente a él si con ello conseguía que al que le había hecho daño a Hinata se pudriera en la cárcel? La verdad era que aquél era un buen trueque, así que decidió aceptarlo.
Se acercó a Sasuke lentamente como si quisiera que el moreno retuviera aquel momento para siempre en su memoria, y cuando estuvo sobre él en la misma silla, con una de sus manos acarició levemente su mejilla y poseyó lentamente sus labios. Mientras, enredaba con calma su lengua con la de Sasuke con una seguridad y una hombría que no eran propias de él, sino del otro hombre. Y eso no era lo mejor. Mientras el beso se hacía eterno, el rubio iba explorando el pecho del ojinegro, que se sentía explotar con la caricia. Entonces, cuando el rubio lo creyó oportuno, se empezó a separar levemente del otro hombre, y cuando los dos tuvieron los ojos completamente abiertos, Naruto pronunció las palabras que llevarían al Uchiha al extremo de su locura.
- Sasuke, te amo.
El ojinegro se quedó realmente perplejo. No sólo había usado el tono de voz perfecto, sino que además su mirada había sido de lo más expresiva. De hecho, los ojos azules del rubio estuvieron a punto de incendiarlo en su pasión.
El Uchiha supo cómo mantener la calidez del momento para destruirlo a la vez, pero no lo haría de una manera definitiva, sino física. Se levantó de la silla, y levantando con el movimiento al rubio, se acercó a su oído y le susurró:
- Declararé encantado en el juicio. Sólo tienes que mandarme la citación como testigo.
Y con la misma delicadeza, dio la media vuelta y se fue, dejando al rubio aun más asombrado de lo que estaba. Intentando mantener la calma, Naruto se sentó en su cómoda silla y empezó a buscar en su portátil la canción que era más acorde al momento que había acabado de vivir.
Cuando la encontró, empezaron a brotar de los altavoces que estaban distribuidos por toda la pequeña sala unas voces gregorianas que entonaban uno de los muchos cantos que estaban recogidos en el popular cancionero medieval. Tras las dos primeras frases, el rubio percibió que habían modificado la letra, pero ese asombro fue pequeño comparado con el que vino treinta segundos más tarde. Vale, era cierto que Naruto estaba harto de oír la cancion, pero uno de sus muchos dones era el de poder disfrutar de las canciones como si siempre fuera la primera vez que las escucha, algo muy positivo.
Cuando pasaron aquellos treinta segundos, la letra era radicalmente distinta, pero se habían sumado a la canción una guitarra eléctrica, una batería, una voz femenina (probablemente una soprano) y por último pero no menos desgarrador, llegó a oír un desconsolador grito gutural que le había transmitido dolor en estado puro. Entonces, como por arte de magia, se le vino una terrorífica estrofa a la cabeza.
La muerte nos sonríe
con su hambre maliciosa.
Reza por tus pecados
y disculpa tus blasfemias.
La muerte nos aguarda
con su oscura guadaña.
Confiesa tus pecados
o púrgate en el infierno.
La estrofa le había salido al rubio más que estremecedora. Y si de algo podía estar seguro era de que aquéllo no había sido una traducción de aquella estrofa en latín, porque no tenía ni idea.
De repente, se sorprendió sobremanera, pero no había sido por la música, sino por Hinata, que había acabado de llegar de su paseo antes de la hora del almuerzo.
- ¡Madre mía, Naruto! ¡Baja eso ahora mismo! ¡Si te estoy oyendo desde la casa del vecino!
- Ya voy, Hina…
- Ni que se hubiera muerto nadie… Sólo te falta vestir de negro para ser gótico.
Bajó la música ipso facto, pero Hinata le pidió que pusiera algo más alegre.
Por la noche, en la casa de Sasuke, el moreno estaba tumbado en su cama escuchando música, pero no oía música triste para animarse, sino para recordarse a sí mismo que había cosas que no podía permitirse.
Amo tu piel, oh, tan pálida.
Amo tu tacto frío como el hielo.
Y amo cada lágrima que lloras.
Sólo amo la manera con la pierdes la vida.
Mientras aquella canción resonaba en su mente, recordaba el beso de Naruto. Realmente había sido demasiado placentero e inesperado, pero no por el general, sino por la reacción del rubio. Y sobre todo aquel te amo… Sólo de recordarlo se sentía arder, pero no porque estuviera cubierto, sino por el calor del deseo. A la misma vez que la canción avanzaba y aumentaba en intensidad romántica, a Sasuke se le ocurrió la mejor idea del día. ¿Y si volvía a pasar la noche en el cementerio sobre el falso Naruto? Era una idea loca, pero seguramente sus sueños serían tan dulces como la noche anterior. Y por si eso no era todo, se llevaría su mp4 para asegurarse de ello.
Unos cinco minutos más tarde, la ardiente piel del Uchiha se encontró con el frío viento nocturno, y guiado por la luz de la luna llena y su deseo, se volvió a encaminar hacia el cementerio.